24/8/16

Poema de María Lyda Canoso


SIEMPRE NUNCA 

Siempre nunca habrá un primer plano de chicos jugando a construir un castillo 

Mar con viento y la arena sal amarga tan a contraluz como la maledicencia 

Ella empieza el cuaderno azul intimidada por los debe y los haberes 
Encuentra en lo escrito razones para creer que se es feliz ¿alguien puede asegurarlo? no tanto ahora que lo abre para que salgan los moluscos que se le incrustan cuando de noche el mar se mueve 

Batido del agua motor oceánico a tres tiempos que no para de latir
Corazón sobreactuado por quien le adjudica víscera al milagro de la vida     pero no 

Los mecanismos del amor     pero no 

Motor que bombea el agua que alisa las pisadas y borra heridas del alma te imaginarás que no todas    ella se extiende y espera ola sin esperanza 

Estuvo aquí exactamente

en esta arena otra en este mar otro que va y que va    recuerdo de lejano infierno de playas idénticas eneros cargados de aceite de coco y esas lonjitas de la piel 

Por el temor de dios se bate el agua a punto de merengue maquinaria incesante nunca jamás el mismo sol crece dos veces 


La cuña del viento se clava y filtra zumbidos hipnóticos por rendijas y grietas dactilares del caparazón soleado 

pájaro que sangra

ojo que castiga 


Miles de puñalcitos uno al lado del otro clavados con total prolijidad 


Así es el mar 

guarda la memoria y deja que uno sea siempre  

Atravesar macizos hormigonados y luego un pastizal al ras y no encontrar las cavernas no no encontrar las cavernas de la infancia sí ver olas desconocidas arena en disposiciones caprichosas y un cartel oxidado cocacola -¿será idea mía, madre? -nadie puede contestar    el hotel majestuoso enorme ahora se muestra afantasmado la fiebre hace ver los corredores vacíos con puertas alineadas sin falleba 

El resplandor del resplandor del brillo del brillo     pero no



© María Lyda Canoso

Poema de David Rosales


Madurar

Pasa la gente,
las aves, los días,
el dolor madura en la playa
se repiten las olas.

Mueren las rocas,
el silencio pasa de prisa
tras la bruma
roída en sus entrañas.



© David Rosales

Poema de Paulina Juszko

  
Al acecho en la sombra jugosa de la selva
                          el león
                       el leopardo 
                       la serpiente
     contemplan la milagrosa aparición:
   reclinada negligentemente en su diván
               impúdica y soñadora
dríade de las nieves floreciendo en el trópico
amante de la matanza y los grandes carnívoros
            la Yadwiga de ojos claros
               la novia de Rousseau.
                         Todo calla
   pero nítidamente se oyen las gotas de sangre
  cayendo una a una de las grandes mordeduras.


© Paulina Juszko

Poema de David Sorbille



JOSÉ MARTÍ       

Hombre generoso de La Habana
de  horizonte claro y justo
luchador sin descanso
en las trincheras de papel
viajero de lunas
cuidador de liras íntimas
ejemplo en el tiempo
de los sueños imposibles
adalid de pueblos olvidados
sombra imperecedera
a la que evoco desde el alma
para recitar a viva voz:
“con los pobres de la tierra
quiero yo mi suerte echar”


© David Sorbille

Poema de Sandra Pien


Márgenes

Se mezclan
se chocan
se cruzan
se clavan en el corazón
el significado y las evidencias.
Alucinaciones
desmemorias
extravíos
y a veces
eso
que
se asemeja
a lo que uno cree.
Rebotes de luz dorada
sencilla comprobación
casi indeleble
de
estar nadando
siempre
siempre
en arenas movedizas.


© Sandra Pien

Poema de Jorge Santkovsky



Cuando llegue mi hora

seré el más fiel de los creyentes.
Espero que me perdonen
mis repetidas burlas a los dioses
y sus seguidores.

Aclaro que busqué con honestidad
comprender sus fábulas y ritos.
Admiro sus recursos
para conservar bienes y adeptos.

Es que algo debe de haber
detrás de las tinieblas
que explique tanta dispersión,
tanta extrañeza.

Espero estar alerta
para escuchar el secreto
que susurra la materia.


© Jorge Santkovsky

Poema de Aníbal Silvero


A ISIS

Ella es la que ha sido es y será
y ningún mortal ha levantado jamás su velo

Ella es la transgresora
tez coraza
huracanes se acoplan en su espalda
Ella es la impenetrable
la imposible
el sol hace un embudo hacia su vientre
cruel amanecer
noche estruendosa
secreta sinusoide del destino
Ella es la envoltura del fuego
magno arcano
naufragio en duermevela
blanca estrella
en olvido se camina a su costado
Ella es la piedra angular
velo inviolable
perpetua incontingencia de las formas
Oh Hacedora del deseo irremediable
los primates te adoramos en la bruma
Oh Diosa del quebranto y de la fuerza
hincamos la rodilla hasta tu fuente
Oh Ignominiosa Virgen de los Siglos
a tu través los simios caminamos
en las rutas desiertas
tras los rojos semáforos rezamos
Oh Excelentísima hipérbola del trueno
en el valle del sueño te soñamos
hastiado del ruido de las naftas
rojos los ojos de smog
trece cuentas de ahorro en Babilonia
con la cruz invertida por el llanto
imploramos
venga a nosotros tu Egipto milagroso
tu reino inmortal de faraones
tu perenne tierra de bondades
tu inagotable vida
Por ti
magnífica Mujer Diosa Natura
cosmogonía mística
sagrada matriz del Universo
en gracia milagrosa
tu imagen
cual oculto reflejo misterioso
sobre la arena muda y en mudanza
presentimos


© Aníbal Silvero

Poema de Graciela N. Barbero


ENCUENTRO FUGAZ

Deseo y flores
una noche cautiva
Mi piel se aseptiembra
con la lisonja de tus  manos
La mirada tibia recorre los bordes
imanta el cuerpo
 abrazo sin intersticios.

  Amanece
  eco de una voz
 que se cuela en la despedida.

Pétalos rotos en la mañana
Sensiblería de cartón macilento
sepultado bajo escombros transparentes


© Graciela N. Barbero

Poema de Laura Elena Bermúdez Tesolín



Si tus dedos juegan sobre mi espalda
y tu lengua se desliza húmeda en mi cuello,
tal vez mi boca, se adelanta a tu boca mordiéndola
hasta sangrarla.
Si tus brazos rodearan mi cintura tomándome de atrás
y acariciaras lentamente con tus manos la rosa de mi pubis
sonreiría gozosa en la penumbra de nuestra habitación,
nos atravesarían eléctricos neutrones eclipsando orgásmicos
instantes y pediría más de tu energía, un poco más de tu pasión
un poco más amor mío...



© Laura Elena Bermúdez Tesolín

Poema de Mauricio Moday


SONETO AL GUITARRISTA EN AZUL DE PICASSO

Piso helado, allí yace sentado
cae el azul sobre sus piernas delgadas
frías y desnudas, sin nada de fe
ropas raídas, azul fuerte en hiladas.

Ambiente irreal de ensueño claro
ojos cerrados y sin vida sana
genio corto muy lento y remiso
pelo entrecano, manos huesudas.

Cuerdas casi rotas, muy escasas
guitarra coplera, sin partitura
pobreza gigante, pies descalzos

Azules intensos, con luces difusas
celestes borrosos, casi sin tonos
pobreza gigante, lloran las musas.



© Mauricio Moday

23/8/16

Poema de Hugo Mujica


golpeando la puerta
                   de la casa vacía
no para que me abran,
                         para escucharme llamado



© Hugo Mujica

Poema de Griselda Rulfo


La vida 
    despliega el almanaque sumiso 
descolgando 
        suspiro en escalera. 
El ventanal de la tarde 
– cuadro hacia dónde va la mirada – 
    que espanta la sombra 
aplasta la pena 
    del decir oscuro 
    y se cuela 
    entre las vetas 
de la mesa de bar 
    que me cobija. 
Una verde luz 
              asesina 
                 la esperanza. 


© Griselda Rulfo

Poema de Juana M. Ramos

  

Ciudad de Nueva York – Segunda parte

De vuelta a tus entrañas
a tu vientre que me recibe,
estoica me abro paso entre la multitud.
Llego a ti y me tiras un bocado de esperanza
que me mantiene viva, me da un poco de calma.
Con la palabra avergonzada retorno a tu boca
que se abre y me repite una promesa.
Ciudad que me urge a contarlo todo
a observarlo todo: una noticia pregonada en
su momento bajo la banca de una estación cualquiera,
una mujer mayor vestida de blanco que predica
el apocalipsis con la histeria de aquel al que abandonan.
Ciudad sirena, canto sin cesar, me obliga a detenerme,
me amarro a los recuerdos; muero cada noche en tu noche,
pero no es mi tiempo y me devuelvo a la voz de tu latido caótico,
ciudad banquete poblada de Tántalos, piedra sobre la que
a diario edifico mi infierno, a cuestas te llevo, te empujo a
la cima, ciudad completa que se me precipita.


© Juana M. Ramos

Poema de Esteban Charpentier

  
MALDITOS!

Brújula de la noche
hincados ante el púlpito del sortilegio
balbucean los tercos poetas de charco
Brilla su faro de linternas ebrias
y una copla tanguera de mugre y esperpentos
En el júbilo de sus minucias
estos hijos del señor de los tristes
amontonados en silencios
pulsan sus lágrimas mezquinas
ante una fraternidad desquiciada
que los idealiza y erige en toscos emblemas
Mariposas negras en vuelo de raso
Ante ellos
la peligrosa llegada del sol
En el punto cardinal de la muerte
los espera un pájaro que canta hasta el dormir



© Esteban Charpentier

Poema de Liliana Majic


cómo
acunar mi sangre
roja
violenta
tibia
tierna
viscosa
deambula en
               tus brazos
torrentes
llamas
por las calles
bailan en
            olas púrpura
se remanza en
                los órganos
ácida
temible
aferrada
muerta
viva
segundo en que
                       tu mirada
                                me golpea
mi esencia
                      escapa aún
                            se pierde
                                        gris
bajo el agua



© Liliana Majic

Poema de Walter Mondragón

  

PROPIA COSMOGONÍA
                                      “arrullando hasta el atardecer”
                                        Romain Bally-Kenguet Sokpe

Nunca quise ser nada
No se elige un destino.
Después de darlo casi todo de mí
Me sigo teniendo casi todo… es paradójico!
No me quejo de mis años
                                  (ni sus achaques)
Me los tengo merecidos,
No en vano se vive.
Siento la luz del despertar
Cuando vuelvo del mar de los sueños
Y canto y me asombro y me regocijo
De ostentar todavía este privilegio
                                (único e inexcrutable)
¡Giro con el cosmos!
Cada ser cada piedra somos parte
De este instante cierto en lo eterno…
Lo cual creo ya mucha generosidad de Dios
                                          (o la Naturaleza)
Amo y he amado sin esperar serlo
Y me aman y han amado porque sí…
Por estar vivo y haciendo el camino
                                          (eso entiendo)
Por seguir habitando el palacio
De puertas abiertas de los días
                                           ( y las noches)
Recibiendo sus huéspedes entre crisantemos.
Sin competir con otros ni llamar su atención;
Mis únicos rivales son el sol y mi sombra
                                          (… y ni se enteran!)
Tal vez si hubiera atesorado oro
                                        (o sangre)
O coleccionado mujeres como mariposas
Tendría de qué lamentarme o arrepentirme:
No se pierde aquello que no se tiene ni se busca.
No me duelo ni renuncio de ser
Y haber sido la cosa cambiante que soy
                  -sin apegos mayores ni promesas-
Gratuitamente, al arrullo de las horas…
No sé cómo podría haber sido en otra forma.

Nací desnudo y me iré desnudo.


© Walter Mondragón

Poema de Ivana Szac


“En mi plato de pobre está su cielo de carne.”
                          Blanca Varela


Ellos
todas las mañanas
beben angustias de pan
juntan restos de otros
con manos de cartón 

en sus ojos
dos ollas crujen el hambre
caminan sucios
por túneles de la infancia
frente a un plato vacío 

golpean la ciudad
en calles de plástico 

duermen
  en almohadas de piedra 

a veces alguien se apiada
y les entrega pan de ayer.




© IVANA SZAC

Poema de Silvia Loustau


Azar  

Dejemos solo al cuerpo desafiar los conjuros,
el azar se hace cargo,
la vidente absorbía la tensión de mis curvas,
lo que guardé al caer -entre las manos.
El pozo quiere un fin de aguas fecundantes,
el cuerpo que pensaba en la cabeza
la cabeza voraz.
La pitonisa me hunde el dedo sobre el vientre,
aquí vamos a entrar para quedarnos,
corre tras la atadura
la atadura que admita sobrepasar el límite.
Grazna la voluntad, la última ocasión,
yo le devuelvo al sol el sentido de gruta.
¿Son siluetas vencidas los sagrados deseos
lo viable que ampara la inquietud?
La entrega no es un vítor.
¿El fervor erosiona?
El azar sobre el cuerpo,
el cuerpo una visión que aspira a destejerse.


© Silvia Loustau

Poema de Jorge Moreno De Los Santos


Transcurre
este sábado olvidando
su asidero o su confinamiento.

Veleidoso, intemporal:
enquistando en los adornos
lejanamente ya vividos.
Mudando su piel
como un roñoso reptil
sobre el polvo cadencioso de los muebles.

Mientras la lluvia
araña los visillos.
Avanza la languidez
bajo la alfombra
con un ímpetu salvaje.
Y en las calles, la vida,
se muda con enojo sus ásperos ropajes.

Trae la cocina ambiguos aromas:
a menta poleo, a hierbaluisa,
a dulce de leche, a jengibre,
a rémora de fiestas
que naufragan en los calendarios.
Y al ámbito indeleble
de una infancia detenida. 

Florece en los ecos ufanas urgencias.
Taciturnas adelfas,
celestes telarañas
y el follaje inservible de los días.

Tose la nostalgia en el salón
y se queja de los años,
de las pastillas preescritas
que no sosiegan sus arritmias.

Y del etéreo vinilo de la abulia
fluyen canciones:
Silvio Rodríguez, Aute, Serrat,
o quizás es Pablo Milanés
(da lo mismo).

Y tu forma en el sofá
es una geometría irregular
en las deshoras,
un confín varado
cosido a tu pereza,
o una ebullición de confidencias
que crepita como pabilo o brasa
en el pozo imperdonable
de la televisión apagada.

En los balcones un sol de ámbar
se esparce en los lugares
que ocupó la noche.

Y cruzan hacia
el fervor de las verbenas,
pálidos tranvías,
añiles muchachas,
y una extraña conjunción
de Febrero y de luces perdonadas.

Transcurre
este Sábado imprevisto y huyente
que no reconoce a mi corazón.
… quizás partió lejos de aquí,
hacia otros lugar,
señalando en su brújula
el frágil hallazgo
de una belleza inalcanzable. 




© Jorge Moreno De Los Santos

Poema de Lidia Cristina Carrizo

  
Es extraño...

desperezar el tiempo,
para llegar hasta mi puerta,
despertar mi sonrisa,
cruzar esa frontera.
hasta crecernos el aire,
el sol y las estrellas.

Arrimarnos en donde
cabe todo peso de ternura,
alcanzarnos, para volver a ser
el furor de jazmines de noviembre,
fundirnos, en el aire luminoso,
y las palabras no nos alcancen!

Es extraño...
habernos encontrado,
habernos detenido en el camino
habernos amado como nunca..
hoy, hoy que todo es olvido.

Es extraño.


© Lidia Cristina Carrizo

21/8/16

Poema de Gabriel Chávez Casazola


La canción de la sopa

En tiempos de mi abuelo las familias eran grandes
vivían en grandes casas —grandes o chicas, pero grandes,
inclusive diminutas, pero grandes.

Comían alrededor de grandes mesas
mesas fuertes, cubiertas o no de mantel largo
pero bien establecidas en el piso.

Con cucharas enormes comían la sopa
en los grandes mediodías. La sopa extraída con grandes cucharones
de unas enormes soperas.

Se reunían juntos después a oír la radio, a tomar café,
a fumarse un cigarrillo
sin grandes (ni pequeños) cargos de salud o de conciencia.

Mamá, bordando a veces y a veces tejiendo,
veía sucederse a los hijos y a los nietos
en un ininterrumpido y gran bordado.

Papá, la autoridad papá, llegaba todas las tardes a las 6
montado en un gran auto americano o en un gran caballo
o con un gran estilo
de caminar
para pasar la noche junto con los hijos y los nietos que el
tiempo no había interrumpido,
salvo aquél que enfermó, aquél que se fue
dejando un enigma y una sensación de vacío
—una enorme sensación de vacío—
flotando, con el humo de los cigarrillos,
sobre la sobremesa de la cena.

A veces, en esos momentos, papá, la autoridad papá,
dejaba de escuchar los sonidos de la radio y quería estar
solo consigo mismo, simplemente
no estar ahí, tal vez estar corriendo por alguna lejana
carretera con una rubia parecida a mamá cuando no era
mamá, montado en un gran auto americano o en un gran caballo o
con un gran estilo de caminar aún no vejado por el tiempo.

Mamá a su vez algunas sobremesas sentía un nudo
en la garganta, un nudo que después salía flotando de su
boca montado en un gran suspiro,
un enorme nudo que se enredaba en el vapor
de su taza de café, con unas
volutas que le robaban la mirada y la hacían desear
estar sola,
simplemente no estar ahí, escuchando los llantos
de las últimas hijas y los primeros nietos.

Así fueron los años, vinieron los cafés y los cigarrillos
y un día la gran casa se fue quedando sola, las enormes
soperas vacías, las cucharas mudas
de una enorme mudez que a hijas y nietos nos persiguió
a lo largo de miles de kilómetros de carretera, de cable de
teléfono, de grandes ondas que ya no se miden en kilómetros.

Incluso aquél que enfermó, el primero en partir
como cada quien que bebió de esa sopa fue alcanzado por la mudez,
que se metió en su pecho por la gran boca abierta
de un enorme bostezo.

Entonces
compró una breve sopa instantánea
y entre sus mínimas volutas
se permitió un pequeño llanto.

No podía tomar la sopa.
en su diminuto departamento no había una sola cuchara,
una sola mesa bien fundada, algo
que vagamente pudiera parecerse a la felicidad
y sus rutinas.

Entonces pensó en los tiempos de su abuelo o del mío
o del tuyo, cuando las familias eran grandes
vivían en grandes casas —grandes o chicas, pero grandes,
inclusive diminutas, pero grandes—
y veían sucederse a los hijos y a los nietos
en un ininterrumpido y gran bordado
con enormes hilos invisibles abrazándolos a todos en el aire. 



© Gabriel Chávez Casazola

Poema de Susana Szwarc



EN EL FONDO

El punto de verdad se descose
en la repetición del sufrimiento,
dijo una de nosotras mientras mirábamos el balde
(¿de qué color era?)
juntar el agua
escasísima
del fondo del aljibe (por la sequía hicimos
un pozo
en el lugar de la huerta. Yo amaba las ortigas,
lugares de aventura: ¡madre! ¡madre! mirá
me picaron las ortigas, está roja
como un balde mi mano.
Y en la Reservación, ella,
curandera, me peinaría). 

Allá, en el fondo del aljibe
el movimiento era un paraíso y la boca
se nos llenaba
de frases que cumplíamos. Por ej: "quien se aleja
                                    de su casa ya ha vuelto".
De sólo decirla hicimos los bolsos. Nos fuimos
a la ciudad. (Una costumbre
de mujeres, hacer acto la palabra).

Olvidadas al volver
gritamos: ñde añamembyre, ¿mba'ére
pikó oré reyá?

Podría enojarse, trancar
la puerta.

"Lublú" le insistía durante la noche
por el sufrimiento del verano y él
-la puerta abierta-
ofrecía su torso desnudo.


© Susana Szwarc

Poema de Romina R. Silva


El poeta vendedor de soda

Un poeta que sobrevive de la venta de soda
corre riesgo de que se gasifique su texto
o quizás que lo usen para cortar el vino.

¡Cómo puede ser! ¡Qué riesgoso!

La poesía pura es bebida con frecuencia por poetas,
no cualquiera se atreve a dejar que cruce la garganta una poesía sin soda.

Quizás los clientes del poeta podrían gasificar su dosis de vino
y a la vez leer las poesías de quien cada martes deja sifones en la puerta.

Si así fuese el poeta podría repartir sus poesías enrolladas,
enganchadas al soporte del sifón tal si fuese la factura mensual
y así tener lectores.

Podría ser vino y poesía pero este poeta no piensa en esas cosas,
sólo escribe y vende soda para sobrevivir.


© Romina R Silva